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01-04-2017

 

Cuba: problemas y desafios II

 

 


SURda

Cuba

Opinión

Guillermo Almeyra / II

 

 

El socialismo es un sistema plenamente democrático basado en la abundancia y la autogestión generalizada y en comunas libres y asociadas y conduce gradualmente a la desaparición del Estado. Obviamente, esta definición no corresponde a la realidad cubana. Por eso Fidel Castro daba por sentado que en Cuba no existía el socialismo y que éste era aún una meta a alcanzar. Sólo los enemigos del socialismo –para desprestigiar la idea de una alternativa- y los nostálgicos de Stalin dicen hoy que la isla es socialista y que el socialismo se puede construir en un solo país, para colmo pobre y con apenas 12 millones de habitantes.

La revolución democrática y antiimperialista cubana se realizó en una colonia virtual de Estados Unidos. Se vio obligada por eso a recurrir a los sucesores de Stalin poco después de la muerte de éste. Es decir, en un momento en que en la Unión Soviética comenzaban a quedar atrás el terror y la reconstrucción del nacionalismo imperial, de los uniformes y jerarquías de la burocracia, de los grados militares y del papel de la Iglesia ortodoxa como pilar del orden que bajo Stalin habían sido un inmundo eructo de la vieja historia rusa.

La Unión Soviética hasta la desaparición de los soviets, la muerte de Lenin, el triunfo de Stalin y el fin de la democracia interna en el Partido bolchevique en 1923, fue un esfuerzo heroico por comenzar a construir el socialismo en un Estado atrasado aún capitalista. Después, bajo Stalin buscó su modernización capitalista acelerada “a la rusa”, como Pedro el Grande, con un Estado autoritario y burocrático que en lo económico copiaba del capitalismo avanzado técnicas y modos de producción y dominación.

Rusia pasó en el siglo pasado por tres revoluciones: la de 1905, democrática, que fue aplastada; la de febrero de 1917, también democráticoburguesa, dirigida por los partidos socialistas que se hundió en el caos, y la democrático-socialista de octubre que culminó con la destrucción del capitalismo y el esfuerzo por construir el socialismo y que tuvo al partido de Lenin y Trotsky como instrumento mucho más que como dirección.

Esta revolución consiguió impedir que Rusia cayese bajo una dictadura militar y se convirtiese en semicolonia franco-inglesa, abrió el camino al desarrollo cultural y técnico del país y modificó el mundo pero a costa de una terrible guerra civil y de una hambruna que hicieron que la economía retrocediese veinte años. El resultado, triunfante Stalin, fue un capitalismo de Estado propietario de las tierras y de los medios de producción en el que debido a la incultura de los obreros y el analfabetismo generalizado el personal estatal y las costumbres fueron mayoritariamente heredados del zarismo.

El pequeño partido socialista revolucionario, rápidamente asfixiado por su burocratización, fue tragado por el Estado capitalista con el cual se había identificado. En la URSS el Estado era dueño de todo pero la burocracia estatal- y no el partido- era quien gobernaba y, sin tener la propiedad jurídica de los medios de producción, los controlaba y disfrutaba de modo privado. Los altos jefes del partido eran al mismo tiempo ministros y miembros de ese aparato burocrático estatal, conservador y contrario a toda innovación.

Esa capa ahogaba a la sociedad. Una reforma de la burocracia con métodos burocráticos y desde la propia burocracia era imposible, como lo demostrarían la reforma Kossygin de 1965 o el intento de reforma de Andropov en 1982, aleccionado por el levantamiento de los consejos obreros húngaros que había presenciado y por lo que pudo medir después como jefe de la KGB en la URSS misma.

Fue esa burocracia la que dio un abrazo de oso a la revolución cubana a la que inicialmente se había opuesto y a la que sólo reconoció dos años después de su triunfo pues consideraba a Fidel Castro y sus compañeros “aventureros pequeñoburgueses”.

Cuba, desde 1960, tuvo así un Estado capitalista con un gobierno revolucionario antiimperialista sin tener aún un partido socialista revolucionario. Su alianza con la Unión Soviética le impuso después una organización y formas de funcionamiento heredadas del stalinismo, como el partido único monolítico, sin democracia interna, la fusión entre ese partido y el Estado capitalista, la sumisión del primero al segundo, la planificación burocrática centralizada.

Sin embargo, Cuba jamás fue un instrumento del Kremlin y ya en la crisis de los cohetes en 1962 demostró su independencia y su capacidad crítica y, aunque su partido está burocratizado, carece de vida interna democrática y es un instrumento conservador, tiene aún en sus filas a muchos socialistas sinceros y revolucionarios.

Esa es una de las bases del consenso de que goza aún, pese a todo, el gobierno cubano. Pero la principal base de dicho consenso es la certidumbre de que si Estados Unidos lograse acabar con los restos de las conquistas de la revolución cubana, Cuba sería una colonia sólo formalmente independiente como Santo Domingo o Panamá.

El stalinismo logró que la palabra socialismo sea odiosa incluso en países con gran tradición socialista como Checoeslovaquia, Hungría, Alemania. Por eso, cuando la URSS se disolvió de modo inglorioso y los burócratas se transformaron en capitalistas mafiosos, el Pacto de Varsovia se derrumbó como un castillo de naipes, pero no así Cuba. Ésta resistió como a pesar del stalinismo resistieron los soviéticos a la invasión nazi salvando al mundo de un triunfo del nazifascismo desde Cádiz a Vladivostok pues sus habitantes antes que ser esclavos preferían morir.

El antiimperialismo subsiste porque tiene sus raíces en la historia cubana y es un factor importante a pesar de la despolitización de la juventud cubana actual, resultante de décadas de crisis económica y de una creciente contradicción entre su nivel de preparación y de cultura y el burocratismo asfixiante y no obstante la pérdida de prestigio de un equipo que no cuenta ya con Fidel. Esa es la base para el optimismo.

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